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sábado, 28 de mayo de 2016

Así funcionan los orgasmos cerebrales

Una de cada mil personas disfruta este hormigueo. La ciencia intenta averiguar su origen.
"Se parece a una descarga eléctrica que empieza por la coronilla", dice una mujer con ASMR
Quizás les haya sucedido alguna vez: se hallan en un lugar público, les sobreviene una súbita picazón en el cuero cabelludo y proceden a rascarlo con abandono. Al cabo de unos segundos de éxtasis abren los ojos y resulta que un fulano les está escrutando con la misma sonrisa alucinada que ustedes. No saquen el spray pimienta: se trata tan solo de un afectado de ASMR a la caza de sensaciones placenteras. En el lugar de ustedes podría haber un rastrillo amontonando estiércol; no es algo personal.
El ASMR, o Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma, es un fenómeno de reciente etiquetaje cuyo uso engloba un abanico de sensaciones que afectan a un pequeño tanto por ciento de la población (uno de cada 1.000). Aunque el estudio científico del ASMR se halla en pañales, encuestas como las del Dr. Nick Davis y Emma Barratt de la Universidad de Swansea demuestran una sorprendente homogeneidad en el tipo de impulsos y sensaciones asociados al fenómeno.
El ASMR, también llamado «orgasmo cerebral» (oh) u «hormigueo en la cabeza»(ah), es una sensación de placer no-orgásmico que no tiene símil con ninguna otra impresión de bienestar sensorial común. Ana Pareja, una afectada por el ASMR, lo describe como «una sensación mucho más singular, potente y placentera que un cosquilleo o un escalofrío. Es como una descarga eléctrica placentera que empieza en la coronilla, se extiende por la cabeza y el cuello, la espalda y los brazos».
En efecto: los cínicos que definíamos el ASMR de nuestros amigos raritos como «piel de gallina glorificada» estábamos equivocados. Pues todo apunta a que el ASMR existe, y que puede resultar asaz gratificante. ¿Qué desencadena, así, el oleaje de caricias mentales? Según el estudio Barratt-Davis, los cuatro activadores clave de ASMR son los susurros, la atención personal, los sonidos crujientes y los movimientos lentos. Un mimo fingiendo corregirnos un examen a cámara lenta mientras carraspea y masca palomitas podría desencadenar un armagedón nuclear de ASMR en la cabeza del usuario. Si eso fuese un escenario mínimamente plausible, quiero decir.
Buscando la primera manifestación de su ASMR, Ana Pareja recuerda que «el episodio involucraba a una de mis profesoras, en segundo de EGB. El ASMR está muy asociado a los momentos de atención personal, como por ejemplo las situaciones en las que la maestra se acercaba a tu pupitre y te corregía algo en la libreta con suavidad y amabilidad. Los sonidos de la tiza en la pizarra, la escritura sobre papel o los susurros de las aulas son elementos recurrentes en los primeros recuerdos de ASMR». El músico Miqui Otero, otro ASMR-sensible, corrobora que el origen es infantil, y recuerda a unas clientas del colmado familiar que le despertaban el «cosquilleo», y a quienes solía stalkear con vehemencia para colmar su nuevo generador de bienestares.


Un poco como sucede con los heroinómanos, aunque de forma inofensiva y conservando dentadura, riñones y empleos, el ASMR-sensible pasará parte de su existencia buscando facilitadores de la sensación. Otero recuerda con cierto sonrojo que un programa de jazz del locutor Carlos Cifuentes fue durante un tiempo su principal desencadenador de ASMR, y que tras el fallecimiento de aquel tuvo que buscar otras voces que activaran una respuesta similar.
El ASMR, asimismo, no posee un componente sexual. «Como las experiencias ASMR tienen en común el placer físico y emocional», explica Pareja, «y muchos de los vídeos de ASMR están protagonizados por mujeres atractivas que hablan en susurros y acarician objetos con suavidad, muchas personas imaginan que ese placer tiene una vertiente sexual. Pero no es así: el ASMR solo tiene que ver con el sonido, la meticulosidad, la repetición y la calma».
Barratt-Davis observaron, de hecho, que solo un 0,5% de los encuestados asociaban el ASMR con un estímulo sexual. Uno sospecha, así, que los usuarios que utilizan videos de ASMR para funciones masturbatorias no son definitorios de la comunidad, sino más bien los típicos obsesos que utilizarían cualquier cosa para dicho fin, fuesen manuales médicos de ortopedia o números musicales de bandeonistas bávaras.
Pero mencionábamos los vídeos. La comunidad ASMR, que hace cinco años ni siquiera era consciente de su existencia, y para quienes lo del ASMR debía ser una experiencia tan privada como para considerarse única, goza hoy de un nutrido catálogo de youtubes para satisfacer tal necesidad. En esos videos diversas mujeres susurran, mascan, silban, desgranan ecuaciones en pizarras, hurgan en la lente de la cámara con un bastoncillo de orejas o, en el caso de un exitoso clip llamado «Sci-Fi Suit Repair Role Play for Relaxation» (arrea) simulan hablar desde una nave nodriza al inquilino de un traje astronáutico.
El ASMR, en resumen, suena como una de las cosas más agradables que uno puede degustar con los pantalones puestos, como suele decirse. Si consiguiesen replicarlo en pastillas se apuntaría un montón de gente. Lástima que entonces sería ilegal, como (casi) todo lo bueno; maldita sea.
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